Extracto
del libro LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA de Eduardo Galeano.
La
historia del salitre, su auge y su caída, resulta muy ilustrativa de la
duración ilusoria de las prosperidades latinoamericanas en el mercado
mundial: el siempre efímero soplo de las glorias y el peso siempre perdurable de las catástrofes.
A
mediados del siglo pasado, las negras profecías de Malthus planeaban
sobre el Viejo Mundo. La población europea crecía vertiginosamente y se
hacía imprescindible otorgar nueva vida a los suelos cansados para que
la producción de alimentos pudiera aumentar en proporción pareja. El
guano reveló sus propiedades fertilizantes en los laboratorios
británicos; a partir de 1840 comenzó su exportación en gran escala desde
la costa peruana. Los alcatraces y las gaviotas, alimentados por los
fabulosos cardúmenes de las corrientes que lamen las riberas, habían ido
acumulando en las islas y los islotes, desde tiempos inmemoriales,
grandes montañas de excrementos ricos en nitrógeno, amoníaco, fosfato y
sales alcalinas: el grupo se conservaba puro en las costas sin lluvia de
Perú[1].
Poco
después del lanzamiento internacional del guano, la química agrícola
descubrió que eran aún mayores las propiedades nutritivas del salitre, y
en 1850 ya se había hecho muy intenso su empleo como abono en los
campos europeos. Las tierras del viejo continente dedicadas al cultivo
del trigo, empobrecidas por la erosión, recibían ávidamente los
cargamentos de nitrato de soda provenientes de las salitreras peruanas
de Tarapacá y, luego, de la provincia boliviana de Antofagasta. Gracias
al salitre y al guano, que yacían en las costas del pacífico «casi al
alcance de los barcos que venían a buscarlos», el fantasma del hambre se
alejó de Europa.
