martes, 18 de septiembre de 2012

Indígenas americanos y mentalidad colonial

RAFAEL CUEVAS MOLINA| A pesar de todo lo denostados y vilipendiados que han sido, los indígenas son, hoy por hoy, de los pocos que tienen una concepción de mundo y de organización social que puede presentarse como alternativa a la civilización occidental en crisis.Los colonialistas vieron al “otro indígena” siempre, en todas partes del mundo, como alguien a quien podía cuestionársele su humanidad: o no eran seres humanos o lo eran de segunda categoría.
Indígenas americanos y mentalidad colonial

México, la antigua paz; Siglo y medio es poco tiempo para que una tierra olvide sus heridas.

WILLIAM OSPINA| En esta calurosa frontera del norte de México, algunas de esas heridas duelen todavía, y la mayor sin duda es el propio río Bravo o río Grande. Dice una vieja canción que un vaquero que llegó del norte, perdido en la arena reseca, después de matar a miles de indios “hizo un tajo en el desierto” y que ese tajo se convirtió en el río.
El Espectador
Algo hay de verdad, porque este era un río interior que corría por el centro de México, y las guerras del siglo XIX lo convirtieron en la frontera norte del país. Frontera que nunca se ha resignado a serlo del todo. El tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848 le cedió a los Estados Unidos los sedientos, indómitos territorios de Nuevo México, Utah, Texas, Nevada y California. El dinero y la guerra continuaban su alianza y ese fue uno de los capítulos más duros de la conquista de América.
Por entonces, decididos con tenacidad a ser el país más poderoso, los Estados Unidos se expandían en todas direcciones. Compraron Florida a los españoles, Luisiana a los franceses, arrebataron a México casi la mitad de su territorio, compraron Alaska a los rusos e intentaron hacerse a Puerto Rico y a Cuba. Una verdadera orgía de crecimiento.
A quienes no les compraron nada fue a los dueños originales, que terminarían recibiendo el genérico nombre de apaches. Y las guerras contra los apaches, que simulaban ser sólo para defenderse de ellos, llenaron el siglo XIX. Pero las fronteras que trazan los burócratas no cambian las costumbres de la tierra. Estos desiertos están poblados por criaturas tenaces a las que no tiene por qué importarles la bandera que ondea sobre las dunas.
Escarabajos y escorpiones, águilas y serpientes, codornices, coyotes y zorros del desierto, palmas, zacate y matorrales, cactus cuya profusión de espinas al parecer no es hostilidad sino necesidad de atrapar con tantas agujas la humedad escasa de la atmósfera, y los pueblos indígenas, que fueron siempre parte de la llanura y del desierto, de sierras caprichosas y cañones fantásticos, del azul de nubes doradas y rojas.
Esos indios de pieles quemadas y ojos solares persisten en las gentes de ahora, y pertenecen menos a México o a Estados Unidos que a la tierra y al sol, el dios para el que danza el tarahumara, y a los riscos donde excavaron sus moradas, donde abren ventanas como ojos, anidan en la piedra, se adhieren y se adaptan con fidelidad de escarabajos y alegría de pájaros. Siempre fluyeron libres por la pradera hasta cuando llegó la edad de los países.
Por aquí pasó, con su nombre profético, Cabeza de Vaca, explorador alucinado y Quijote previo, trazando con sus pasos sin saberlo el frenesí futuro de las fronteras. Pero lo que en él era embriaguez de aventura y sed de descubrimiento, pronto en otros sería sólo furor y codicia. Aquí, hacia donde se mire, sólo se ve la naturaleza, pero siempre está la historia.
Whitman aludió bellamente a la conmovedora defensa de Álamo por los norteamericanos, y todos hemos crecido con esa hazaña en el corazón. Pero tal vez ni siquiera él, el hombre más grande, más libre y más amoroso de América, logró comprender que la tierra que tan abnegadamente defendían los muchachos de Álamo también era amada por otros, que habían llegado primero. ¿Sí será por amor a la tierra que nos matamos tanto? Y si tanto la amamos ¿por qué no aprendemos a compartirla?
“Los ciento cincuenta muchachos siguen mudos en Álamo”, y la necesidad sigue asediando estas fronteras. Al capital le encanta hablar de globalización, se endulza los labios diciendo que el mundo es de todos, pero al día siguiente levanta sus muros infames para que los pobres no pasen. Y esta es la frontera más frontera, y por eso la más ardiente y la más buscada del planeta.
Miro por la ventana del hotel las colinas resecas de Ciudad Juárez, las palmas meciéndose en la leve brisa de la mañana: después las inmovilizará un sol de justicia. Antenoche, en Chihuahua, visitamos la cantina “La antigua paz”, hecha para evocar la dulce paz de antes, pero que, inevitablemente, estaba llena de fotografías de soldados de la Reforma, de caballos y hombres y cananas y trenes de la Revolución.
Porque esta es la tierra donde el cura Hidalgo se alzó contra España, y este es el calabozo donde pasó sus últimas semanas, y aquel es el muro donde señaló con la mano su pecho, y les rogó a los soldados del pelotón que dispararan allí. Y fue aquí donde Benito Juárez se refugió para defender el país que le quedaba, y si no fuera por él y por el pueblo al que supo dirigir, acaso México sería parte de Francia, o una colonia náufraga del imperio de los Habsburgo Lorena. Y fue aquí donde Doroteo Arango se convirtió en Pancho Villa, y desde aquí las olas de la Revolución se cambiaron también en corridos dolientes y festivos, y en las mareas de trenes y cananas y hombres y caballos, los dramáticos colores de Siqueiros y de Orozco.
Me conmueve saber que en esa cantina estuvo alguna vez Barba Jacob, el poeta, tomando su tequila o su mezcal, fumando su marihuana y sacudiendo al auditorio con el poder de sus versos. Tal vez ahí recitaría: “La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario”. Las viejas palabras de la lengua española luchando como siempre contra sí mismas. Y me digo que esa es la antigua paz que queremos, la paz de las palabras que luchan.

El 82% de la riqueza mundial está en manos de un 20% de la población

FREI BETTO| Según Naciones Unidas, un 20 por ciento de la población mundial, el equivalente a 1.320 millones de personas, concentra en sus manos el 82 por ciento de la riqueza en el mundo. Mientras, los más pobres, unos mil millones de personas, sobreviven con apenas el 1,4 por ciento de la riqueza mundial. 
Los economistas neoliberales toman el PIB (Producto Interior Bruto) como indicador de la riqueza de una economía. Bajo su lógica, cuanto mayor sea el PIB, mayor es el crecimiento de un país.
Pero un país crece cuando su economía total se engrosa con más cifras. Lo que no significa que cumplió su cometido, o sea que imprimió más calidad de vida y de felicidad a su población. El crecimiento tiene que ver con la producción agropecuaria, industrial y la expansión de la red de servicios. Desarrollo implica escolaridad, salud, saneamiento, vivienda, cultura y preservación del medio ambiente.
Alegrarnos por el crecimiento del PIB no significa que el país vaya en la dirección correcta. Vea por ejemplo la China, cuyo PIB es el que más crece en el mundo. Ni por eso nos causa envidia la calidad de vida de su población. Si el despalamiento de la Amazonía —pelada ahora en un 17 por ciento de su área total— aumenta, más se introducirán allí el agronegocio y rebaños inmensos, lo que haría crecer el PIB, así como reducir el equilibrio ambiental y nuestra calidad de vida.
El problema número uno del mundo no es económico, es ético. Perdimos la visión del bien común, de pueblo, de nación, de civilización. El capitalismo nos ha infundido la noción perversa de que la acumulación de riqueza es un derecho y que el consumo de lo superfluo es una necesidad.
Compare estos datos: según la ONU, para facilitar la educación básica a todos los niños del mundo sería preciso invertir, hoy, 6.000 millones de dólares. Y solo en los EEUU gastan cada año en cosméticos 8.000 millones.
El agua y el alcantarillado básico de toda la población mundial quedarían garantizados con una inversión de 9.000 millones de dólares. El consumo de helados por año en Europa representa el desembolso de 11.000 millones de dólares.
Habría salud elemental y buena nutrición de los niños de los países en desarrollo si se invirtieran 13.000 millones de dólares. Pero en EEUU y Europa se gastan cada año en alimentos para perros y gatos 17.000 millones; 50.000 millones en tabaco en Europa; 105.000 millones en bebidas alcohólicas en Europa; 400.000 millones en estupefacientes en todo el mundo; y más de un millón de millones en armas y equipamientos bélicos en el mundo.
El mundo y la crisis que le afecta sí tienen solución. Siempre que los países fueran gobernados por políticos centrados en otros paradigmas que huyan del casino global de la acumulación privada y de la incontenible espiral del lucro. Paradigmas altruistas, centrados en la distribución de la riqueza, en la preservación ambiental y en el compartimiento de los bienes de la Tierra y de los frutos del trabajo humano.
Ponga mucha atención a los candidatos que este año merecerán su voto para alcaldes y concejales. Investigue su pasado para saber con quién se va a comprometer de hecho.
Ah, ¿que a usted no le gusta la política? No sea ingenuo: quien se aparta de la política será gobernado por aquellos a quienes sí les gusta. Precisamente lo que los políticos corruptos desean es que la omisión de usted asegure la perpetuación de ellos en el poder.

La Colonia Tovar: Mirada histórica del viajero Pal Rosti

La importancia de Caral-Supe

“Caral es importante porque es la civilización más antigua del continente americano, ya que surgió en el año 3,000 a.C., simultáneamente con Mesopotamia y Egipto. La civilización peruana es más antigua que India, China, Fenicia, Creta, Grecia, Mesoamérica, Israel, Roma y Persia. Caral inventó los anfiteatros 2,000 años antes que Grecia; sus momias son 3,000 años más antiguas que las de Egipto; su orfebrería fue la más adelantada del mundo antiguo y sus redes de pescar son las más antiguas del mundo.”
— Víctor Colán Ormeño, historiador.
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