13 septiembre 2005
“-Pero el motivo… -indagó el señor Duval-. Un hombre no
mata por nada. -¿El motivo? -contestó Ellery, encogiéndose de hombros-.
Usted ya conoce el motivo.”
Ellery Queen. Aventuras en la Mansión de
las Tinieblas.
Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la
seguridad internacional, la dignidad nacional, la democracia, la
libertad, el orden, el mandato de la civilización o la voluntad de Dios.
Ninguna tiene la honestidad de confesar: “Yo mato para robar”.
No
menos de tres millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la
guerra de cuatro años que está en suspenso desde fines de 2002.
Murieron
por el coltan, pero ni ellos lo sabían. El coltan es un mineral raro, y
su raro nombre designa la mezcla de dos raros minerales llamados
columbita y tantalita. Poco o nada valía el coltan, hasta que se
descubrió que era imprescindible para la fabricación de teléfonos
celulares, naves espaciales, computadoras y misiles; y entonces pasó a
ser más caro que el oro.
Casi todas las reservas conocidas de coltan
están en las arenas del Congo. Hace más de cuarenta años, Patricio
Lumumba fue sacrificado en un altar de oro y diamantes. Su país vuelve a
matarlo cada día. El Congo, país pobrísimo, es riquísimo en minerales, y
ese regalo de la naturaleza se sigue convirtiendo en maldición de la
historia.
Los africanos llaman al petróleo “mierda del Diablo”.
En
1978 se descubrió petróleo en el sur de Sudán. Siete años después, se
sabe que las reservas llegan a más del doble, y la mayor cantidad yace
al oeste del país, en la región de Darfur.
Allí ha ocurrido
recientemente, y sigue ocurriendo, otra matanza. Muchos campesinos
negros, dos millones según algunas estimaciones, han huido o han
sucumbido, por bala, cuchillo o hambre, al paso de las milicias árabes
que el gobierno respalda con tanques y helicópteros.
Esta guerra se
disfraza de conflicto étnico y religioso entre los pastores árabes,
islámicos, y los labriegos negros, cristianos y animistas. Pero ocurre
que las aldeas incendiadas y los cultivos arrasados estaban donde ahora
empiezan a estar las torres petroleras que perforan la tierra.
La
negación de la evidencia, injustamente atribuida a los borrachos, es la
más notoria costumbre del presidente del planeta, que gracias a Dios no
bebe una gota.
Él sigue afirmando, un día sí y otro también, que su guerra de Irak no tiene nada que ver con el petróleo.
“Nos
han engañado ocultando información sistemáticamente”, escribía desde
Irak, allá por 1920, un tal Lawrence de Arabia: “El pueblo de Inglaterra
ha sido llevado a Mesopotamia para caer en una trampa de la que será
difícil salir con dignidad y con honor”.
Yo sé que la historia no se repite; pero a veces dudo.
¿Y
la obsesión contra Chávez? ¿Nada tiene que ver con el petróleo de
Venezuela esta frenética campaña que amenaza matar, en nombre de la
democracia, al dictador que ha ganado nueve elecciones limpias?
Y los
continuos gritos de alarma por el peligro nuclear iraní, ¿nada tienen
que ver con el hecho de que Irán contenga una de las reservas de gas más
ricas del mundo? Y si no, ¿cómo se explica eso del peligro nuclear?
¿Fue Irán el país que descargó las bombas nucleares sobre la población
civil de Hiroshima y Nagasaki?
La empresa Bechtel, con sede en
California, había recibido en concesión, por 40 años, el agua de
Cochabamba. Toda el agua, incluyendo el agua de las lluvias. No bien se
instaló, triplicó las tarifas. Una pueblada estalló, y la empresa tuvo
que irse de Bolivia.
El presidente Bush se apiadó de la expulsada, y la consoló otorgándole el agua de Irak.
Muy
generoso de su parte. Irak no sólo es digno de aniquilación por su
fabulosa riqueza petrolera: este país, regado por el Tigris y el
Éufrates, también merece lo peor porque es la más rica fuente de agua
dulce de todo el Oriente Medio.
El mundo está sediento. Los venenos
químicos pudren los ríos y las sequías los exterminan, la sociedad de
consumo consume cada vez más agua, el agua es cada vez menos potable y
cada vez más escasa. Todos lo dicen, todos lo saben: las guerras del
petróleo serán, mañana, guerras del agua.
En realidad, las guerras del agua ya están ocurriendo.
Son
guerras de conquista, pero los invasores no echan bombas ni desembarcan
tropas. Viajan vestidos de civil estos tecnócratas internacionales que
someten a los países pobres a estado de sitio y exigen privatización o
muerte. Sus armas, mortíferos instrumentos de extorsión y de castigo, no
hacen bulto ni meten ruido.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional, dos dientes de la misma pinza, impusieron, en estos
últimos años, la privatización del agua en 16 países pobres. Entre
ellos, algunos de los más pobres del mundo, como Benín, Níger,
Mozambique, Ruanda, Yemen, Tanzania, Camerún, Honduras, Nicaragua
El
argumento era irrefutable: o entregan el agua o no habrá clemencia con
la deuda ni préstamos nuevos.
Los expertos también tuvieron la
paciencia de explicar que no hacían eso por desmantelar soberanías, sino
por ayudar a la modernización de los países hundidos en el atraso por
la ineficiencia del Estado. Y si las cuentas del agua privatizada
resultaban impagables para la mayoría de la población, tanto mejor: a
ver si así se despertaba por fin su dormida voluntad de trabajo y de
superación personal.
En la democracia, ¿quién manda? ¿Los funcionarios internacionales de las altas finanzas, votados por nadie?
A
fines de octubre del año pasado, un plebiscito decidió el destino del
agua en Uruguay. La gran mayoría de la población votó, por abrumadora
mayoría, confirmando que el agua es un servicio público y un derecho de
todos.
Fue una victoria de la democracia contra la tradición de
impotencia, que nos enseña que somos incapaces de gestionar el agua ni
nada; y contra la mala fama de la propiedad pública, desprestigiada por
los políticos que la han usado y maltratado como si lo que es de todos
fuera de nadie.
El plebiscito de Uruguay no tuvo ninguna repercusión
internacional. Los grandes medios de comunicación no se enteraron de
esta batalla de la guerra del agua, perdida por los que siempre ganan; y
el ejemplo no contagió a ningún país del mundo. Éste fue el primer
plebiscito del agua y hasta ahora, que se sepa, fue también el último.