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martes, 23 de agosto de 2016

"Rondón no ha peleado todavía"

Ernesto Cazal

Localidad: Municipio de Paipa, Colombia (antigua Nueva Granada). Específicamente el Pantano de Vargas. Fecha: 25 de julio de 1819, un día luego del cumpleaños número 36 de Simón Bolívar.
Situación: El Libertador había recién instalado el Congreso de Angostura, lo nombrarían presidente y jefe de campaña para la liberación del territorio neogranadino. Luego de la victoria en Las Queseras del Medio, estado Apure (por donde está el río Arauca), avanzaría junto a su ejército (acompañado de la conocida Legión Británica de James Rooke) hacia los llanos colombianos y se toparía, por el camino de Salitre de Paipa junto a las frías cordilleras andinas, con las tropas realistas de José María Barreiro mientras atravesaban el río Sogamoso. El ejército español tendría ventaja de terreno, pero los patriotas contaban con un as bajo la manga de Bolívar, estratega militar como pocos.
La batalla no se decidía. Desde las once de la mañana se había encarnado la propia matanza entre ambos ejércitos, el combate no tenía dueño. A eso de las cuatro de la tarde, los realistas se sentían vencedores porque toda su caballería y artillería conjuntas estaban dando la ñapa a los patriotas y a la avanzada británica de Rooke. Bolívar dijo con pesadumbre: “¡Se nos vino la caballería y esto se perdió!”. Entonces, es que comenzaría la leyenda.
Existen varias versiones. Que El Libertador (en su versión en parte de guerra) volteó hacia el negro Juan José y le dijo: “¡Coronel, salve Ud. la patria!”, a lo que le respondió: “Es que Rondón no ha peleado todavía” (insertar aquí acento llanero y escarranchao); otra versión dice que el breve diálogo fue a la inversa: Bolívar menta madre, dice que todo está perdido cuando el negro, comandante de lanceros, le responde casi con tono de reproche:
-Pero General, ¡si Rondón no ha peleado todavía!
-¡Entonces salve Ud. la patria, Coronel!

La otra versión es que Bolívar exclamó, luego de la mentada desesperación y al ver al negro Juan José pendiente de la jugada: “¡Aún no hemos perdido, porque Rondón no ha peleado todavía!”.
Lo cierto es que, al recibir la orden, Juan José Rondón pegó el grito de “¡Que los valientes me sigan!”, y con furia arrasó, junto a su escuadra de lanceros (14 tipos, dice la leyenda), con los focos determinantes del ejército de Barreiro, lo que lo obligó a ceder terreno hasta la derrota. La hazaña abrió la brecha para que, trece días después los realistas fuesen derrotados y se rindieran casi en su totalidad a las tropas independentistas en la famosa batalla de Boyacá. El Libertador nunca olvidaría la decisiva participación de Rondón en la batalla, y un año después, en víspera del aniversario de la batalla, escribía en carta a Santander: “No hemos necesitado de Nonato ni de Piar, pero sin Rondón, que vale más que aquéllos, yo no sé lo que hubiera sido en Vargas”; y, cada 24 de julio, en lugar de recordar su cumpleaños, solía decir: “Mañana es San Rondón”.
Desde entonces, la frase Rondón no ha peleado todavía es de uso popular en Venezuela, sobre todo en los llanos y zonas andinas, territorios donde se vivió intensamente las guerras de independencia, y se usa familiarmente cuando alguien se encuentra en una situación difícil, en apuros, y quiere expresar que de igual forma puede salir victorioso bajo recurso de un esfuerzo resguardado pero decisivo. Cuenta Augusto Mijares, venezolano y ensayista de fuelle, que hasta en los juegos populares de bolos, dominó o cartas, es frecuente oír la frase en cuestión.
Una breve síntesis biográfica de Juan José Rondón Delgadillo nos haría poner en perspectiva su condición de clase. Fue hijo de esclavos manumisos, Bernardo Rondón y Lucía Delgadillo, que llegaron a ser libertos, y en 1790, no se sabe con exactitud el día y mes, nació en el Alto Llano, es decir, en el estado Guárico. Dos pueblos se disputan su cuna: Espino y Santa Rita de Manapire. J.A. De Armas Chitty fundamenta la versión manapirense en datos suministrados por José Giacopini Zárraga, quien afirma que el apellido Delgadillo es común en Santa Rita, y no existe en el otro pueblo.
Se cuenta que Juan José fue peón del hato La Barrosa, cerca de Espino, propiedad de unos españoles.
En 1812, llegó a Ocumare, donde residían los propietarios, un batallón comandado por Francisco Rosete, quien estaba unido por viejos lazos de amistad con los propietarios del citado hato. Supo el caudillo realista que Rondón era un buen domador de caballos y sus condiciones para hacerse fiero soldado eran notables; Rosete lo invitó a ingresar en sus filas. Con 22 años aceptó la invitación y, por sus habilidades, fue nombrado Capitán de un escuadrón de caballería. En febrero de 1814 ingresa directamente en las filas de José Tomás Boves, llamado por El Libertador “El Azote de Dios”.
En tiempos de guerra social, cuyo pico fue el llamado Año Terrible (1814), un negro hijo de esclavos libertos como lo fue Juan José luchar, fundirse en pleno con las hordas de José Tomás Boves, significaba tener lo que nunca le perteneció. La oficialidad mantuana, forjadora de las Primera y Segunda Repúblicas venezolanas, mantenían ideales ilustrados (netamente europeos) y esclavos con buena cuota de latifundio en sus manos. En aquella época, con un Bolívar que aún no había pasado por la influencia de Pètion y el exilio antillano, la lucha de emancipación refería a un cambio de dueños, y no a una vuelta de tuerca estructural: el esclavo, en tierra republicana o no, seguiría siendo esclavo. Y Juan José, como toda la negramenta insurrecta al lado del asturiano, peleó por querer dejar de ser esclavo, y cómo no: por hacerse de las tierras y tesoros confiscados al mantuanaje criollo.
Combatió incluso contra Bolívar en San Mateo. Pero ya muerto Boves en diciembre de 1814, a comienzos de la batalla de Urica, las hordas que buscaban la emancipación clasista dejó de tener justo cauce. La mayoría de las tropas se dispersaron, sobre todo por el critinismo de Morales de mirar de reojo, como mal necesario, a los negros que habían peleado al lado del asturiano. Esta condición histórica, más el agregado de que varios comandantes querían pasar por las armas al capitán Rondón (y a muchos de sus hermanos de clase y distinción militar), hizo reflexionar al negro Juan José, y pasó al bando patriota en agosto de 1817, como hicieron muchísimos de sus compañeros de armas y de clase.
Fue perdonado, lobby que le hizo el mismo Pedro Zaraza, debido a las habilidades de caballería anteriormente mencionadas: rescataba ejemplares de remonte de la llanura adentro, reemplazaba enormes madrinas necesarias para el trajín de la campaña guerrera, el ir y venir, la marcha y contramarcha, tan forzada y necesaria. El ejército llanero de Bolívar, comandado por el Catire Páez, lo tomó como hijo insurrecto para la causa republicana, pero con cierto recelo, ya que provenía de las alas fúricas y fantasmales (porque el recuerdo no piraba) de Boves. Formó parte del ejército que derrotó al General Morillo en Las Cocuizas el 1 de abril de 1819; asimismo, fue uno de los 153 héroes de Las Queseras del Medio (comandó una de las siete columnas de los lanceros de Paéz), por lo que recibió la Orden de los Libertadores. El mismo Catire relata en su Autobiografía:
Cuando vi a Rondón recoger tantos laureles en el campo de batalla, no pude menos de exclamar: ―¡Bravo, bravísimo, comandante! ―General, me contestó él, aludiendo a una reprensión que yo le había dado después de la carga que dieron a López pocos días antes; general, ¡así se baten los hijos del Alto Llano!

Rondón continuó la marcha con Bolívar en la campaña por la liberación de Nueva Granada, y viendo que el negro era duro guácimo, lo ascendió a Coronel. La gloria alcanzó a Juan José con la relatada Batalla de Pantano de Vargas, y fue determinante en la victoria en Boyacá. Finiquitada la campaña en favor de la República, El Libertador mandó a Rondón a residenciarse un tiempo en Bogotá, donde le asignó la misión de conformar y entrenar a la denominada Caballería de la Guardia. Tras cumplir aquella misión, cerca del año nuevo de 1820 parte hacia los valles de Cúcuta para ponerse de nuevo a las órdenes de Simón.
Cuenta el escritor colombiano Rafael Baena que reaparece el 24 de julio de 1821 en la Batalla de Carabobo, “donde se encarga de cargar contra el centro de la formidable infantería española y luego de perseguirla hasta los extramuros de Puerto Cabello”. Como bien sabemos, durante esta gesta se selló la independencia del territorio venezolano.
El 11 de agosto de 1822, en el campo de Naguanagua, donde los lanceros de Páez triunfaron sobre las tropas españolas, Rondón recibió una herida en uno de sus pies que, aunque leve, se infectó, le causó gangrena y la muerte en algún patio de Valencia, doce días después. Armas Chitty compara al negro Juan José, en controversia, con el aristocrático Aquiles (el mítico héroe griego murió de un flechazo en su talón, su único punto vulnerable según el poema homérico) y lo llama “el máximo héroe que ha dado la llanura a Venezuela, después de Páez”. Sus restos reposan en el Panteón Nacional desde 1896.
Por muchos años una de las principales calles de Valle de la Pascua se llamó Juan José Rondón, pero hubo un Concejo Municipal que se le ocurrió la brillante idea de quitar el nombre del tipo a la dicha calle y le pusieron Schettino en honor a un mecánico de la década de 1930. Por otro lado, paradójicamente, en Colombia le han hecho numerosos homenajes a Rondón. Existe un municipio que lleva su nombre en Arauca, un colegio militar del cual es epónimo, barrios en diferentes ciudades llevan su nombre, un monumento de 33 metros en el lugar de la batalla de Pantano de Vargas y hasta tiene un himno en su honor. Las pinturas que nos recuerdan el rostro de Juan José son obras hechas por Constancio Franco y José María Espinoza, ambos colombianos.
Existe la certeza histórica de que Juan José Rondón era de raza negra, más el retrato que se le atribuye a Constancio Franco lo muestra con rasgos de blanco (nariz perfilada, labios finos, pelo casi liso) y color trigueño debido a la tendencia de los pintores de la godarria a suprimir los rasgos negroides como el cabello crespo y abundante, los labios gruesos, la nariz ancha y atenuar el color de piel.
No parecería extraño que quisieran, también, cambiarle los nombres, tan populachos y rudimentarios, como lo son Juan y José, al negro Rondón sólo para escribir otra historia, una que no signifique como colectividad en emancipación, sino como la de héroes de rasgos principescos. Nuestra historia como clase siempre está minada (porque sirve como mina para el beneficio de los dueños): nosotros la hacemos mientras otros (los burgueses y sus historiadores jalabolas) la escriben, la significan según sus necesidades de clase. La historia se muestra, diciéndolo con el escritor argentino Rodolfo Walsh, “como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.
Augusto Mijares convierte a Rondón en “imagen del doliente pueblo de Venezuela” por su vida, porque “fue ingenuo y desinteresado, entusiasta y sufrido, sencillo y heroico”, pero sobre todo por dos pormenores de acertada minuciosidad metafórica en cuanto historia: su muerte, devenida de una “simple herida en un pie, que se le infectó y convirtió en tétanos”; y Páez, en su Autobiografía, al narrar aquel hecho le da el “título de Comandante, y no el de Coronel que le correspondía”, en señal de que el olvido del poder pareciera tener algún interés en la redacción del Gran Libro de la Historia.
Asimismo, el ensayista aragüeño favorece a Rondón en detrimento de Boves y Fermín Toro como “tipo representativo del pueblo venezolano”. Bien es sabido que el feroz asturiano fue nombrado por Juan Vicente González como “el primer jefe de la democracia venezolana”, y que el escritor caraqueño fue uno de los primeros manifestantes, con la pluma, a favor de la llamada justicia e igualdad sociales. Pero es Rondón, según Mijares, quien pasaría a ser el nombrado de los sin nombres. Y tomando en cuenta la vida y muerte del negro guariqueño, podríamos estar de acuerdo en que el tipo es imagen, no la única pero sí demostrativa y dimensionada, del típico pelabola de la Venezuela adentro.


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