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viernes, 25 de julio de 2014

LA REPUBLICA DE LAS FLORIDAS



Aun en el actual estado norteamericano de Florida pocos saben que alguna vez, en 1817, su territorio figuraba entre las nuevas repúblicas hispanoamericanas que luchaban por independizarse. La República de las Floridas, que así se llamaba, sobrevivió menos de un año y logró controlar una mínima parte de la colonia española del mismo nombre. La mayor parte de sus habitantes ni siquiera hablaban castellano. Sin embargo, tenía la apariencia exterior de un flamante Estado latinoamericano y no carecía de vínculos concretos con los independentistas de Tierra Firme, de México y hasta del Río de la Plata.
La Florida era una colonia escasamente poblada, cuya capital. San Agustín, tenía poco más de mil habitantes; económicamente era un lastre para los fiscos de Cuba y Nueva España. Dentro del imperio español había tenido una función casi exclusivamente estratégica, como era en efecto la de negarle la posesión de la península a una potencia enemiga que pudiera amenazar desde tierras floridanas a Cuba o a la ruta de los galeones que solían pasar frente a la costa de la Florida en su viaje de regreso del Nuevo Mundo, exactamente como había hecho Colón en su primera expedición. Desde finales del siglo XVIII había unos pocos síntomas de mayor actividad económica y estaba expuesta la colonia a nuevas influencias externas, pero en uno y otro caso el factor fundamental era la peligrosa cercanía de los Estados Unidos. Desde el período de ocupación británica de Florida (1763-83), se había formado una población étnica y culturalmente heterogénea que aceptaba más o menos de buen grado el reestablecimiento del dominio español, con tal que se le permitiese en la práctica la conservación de sus propias costumbres y una relación económica, en buena parte ilegal pero ineludible, con la pujante república vecina.

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Gregor MacGregor.
Así las cosas, el comienzo del movimiento de independencia hispanoamericana en 1810 casi no tuvo repercusión en la pequeña -y todavía insignificante- colonia de Florida. En San Agustín se ve hoy día un monumento a la Constitución; si uno inspecciona bien la lápida, nada tiene que ver con la famosa Carta norteamericana, sino con la Constitución de Cádiz de 1812, que en Florida, a diferencia de lo que sucedió en Santafé de Bogotá y demás provincias insurreccionadas, sí pudo ser promulgada. En ese mismo año, es verdad, se proclamó por primera vez una república independiente en la Florida, pero se trataba simplemente del intento de unos colonos angloamericanos de sustraerse al control español, como paso previo a la anexión norteamericana. Fuerzas militares de los Estados Unidos participaron abiertamente en la aventura, que finalmente se abandonó, sólo como consecuencia de la presión diplomática de otros países europeos.
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Lino de Clemente.
La República de las Floridas de 1817 fue algo diferente, por cuanto fue auspiciada, de manera indirecta, por los mismos patriotas suramericanos. Su jefe máximo era un aventurero de origen escocés, Gregor MacGregor, quien había luchado antes al lado de los revolucionarios de Venezuela y Nueva Granada, y hasta se había casado con Josefa Lovera, una parienta de Simón Bolívar. MacGregor estuvo en el sitio de Cartagena, de donde escapó con vida para ir a las Antillas y de allí a Venezuela. Por motivos no totalmente claros abandonó nuevamente Venezuela y llegó a principios de 1817 a Estados Unidos, donde se puso en contacto con Lino de Clemente, quien actuaba como agente del Libertador, con el futuro canciller de la Gran Colombia don Pedro Gual, y con el norteamericano Martín Thompson, representante éste de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En marzo de 1817 y a nombre de la "América Libre", los tres le dieron autorización a MacGregor para apoderarse de "las Floridas", tanto la Oriental como la Occidental.
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Pedro Gual y Escandón.
MacGregor se dedicó a reclutar gente en los Estados Unidos -un puñado de hispanoamericanos y los demás angloamericanos o europeos-, a obtener préstamos y a comprar materiales de guerra. Pudo hacer todo esto en parte con base en las promesas de distribución de tierras floridanas que él realizaría después de la victoria. Obtuvo un barco que zarpó de Charleston, Carolina del Sur, desarmado y en una misión supuestamente comercial; sólo en la costa de Georgia pasó a bordo el grueso de los hombres de MacGregor, que desembarcaron el 29 de junio cerca de Fernandina, en la isla Amelia, en el extremo nororiental de la colonia. Aunque sólo eran unos ochenta, los defensores (de más o menos igual número) imaginaron que esta fuerza era la vanguardia de otra mucho mayor. El comandante español se rindió casi enseguida sin oponer resistencia.
MacGregor trató con benignidad a los vecinos y habitantes de la región. Instaló un gobierno local de elección popular y organizó unas embrionarias agencias nacionales, como correos y aduana. Desplegó bandera propia (una cruz verde sobre fondo blanco) y emitió decretos de honores para sus seguidores y patentes de corso a capitanes, principalmente angloamericanos, quienes se prestaban con gusto a enriquecerse haciendo presa de los españoles. Pronto el remate de los bienes capturados (a veces pertenecientes a países neutrales) se convirtió en la principal industria de la flamante república.
El hecho de que MacGregor no hiciera ningún esfuerzo serio por apoderarse de San Agustín y del resto de la colonia, contentándose con la isla Amelia, alimentó las sospechas del gobierno norteamericano sobre que su verdadero objetivo no habría sido sino la creación de un nido de piratería bajo el pretexto de la guerra de corso. La apreciación era injusta, ya que las fuerzas de invasión no eran numerosas y la mayoría de los habitantes de la Florida se mantenían al margen del conflicto, ya fuera por sentirse satisfechos con el gobierno español (el gobernador de turno, el hispano-iriandés José Coppinger, gozaba de bastante popularidad), o simplemente porque no querían comprometerse prematuramente. Por otro lado, hubo descontento entre el bando revolucionario por la demora del triunfo prometido y por otras incomodidades, entre ellas la aparición de la fiebre amarilla. El propio MacGregor perdió muy pronto su fe en la victoria, y a mediados de septiembre abandonó Fernandina para continuar la guerra contra España.
Casi al mismo tiempo que MacGregor hacía sus maletas, sus hombres rechazaron una fuerza más grande que enviara el gobernador español para la reconquista de Fernandina. Y el mismo día de la retirada de la fuerza española, llegó a Fernandina una expedición revolucionaria bastante mayor que la de MacGregor. La comandaba otro aventurero europeo, el francés Louis Aury, quien se había dedicado a la guerra de corso desde Cartagena, hasta su caída en 1815, y después de una breve estadía en Haití (donde se querelló con otro fugitivo de Tierra Firme, Simón Bolívar), pasó a Texas para luchar por su independencia bajo bandera mexicana. De Texas, ateniéndose a los consejos de Pedro Gual, siguió a Florida.
La presencia de los hombres y demás recursos que trajo consigo Aury obviamente fortaleció la causa revolucionaria, por lo menos en el corto plazo. Su llegada acarreó, sin embargo, otros serios problemas. En primer lugar, rivalidades entre los restos de la gente de MacGregor y los recién llegados, que conformaban otra masa heterogénea, pero cuya parte principal consistía en soldados y marineros haitianos. Y en segundo lugar, la reacción adversa que inspiró tanto en Florida como en el país del norte la llegada de esos "bandoleros que habían participado en los horrores de Santo Domingo", tal como un periódico de Georgia se refirió a la insurrección de los esclavos de Haití, que tanto había atemorizado a la población blanca de las colonias vecinas.
Aury resultó ser un jefe más decisivo que MacGregor. Mantuvo un clima de orden en el territorio bajo su mando y, con el asesoramiento de Gual y del boliviano-argentino Vicente Pazos Kanki, expidió una Constitución rudimentaria, pero muy liberal. Fundó El Telégrafo de las Floridas, primer periódico floridano de idioma español. Fomentó además la industria del corso, incluso la captura en alta mar de esclavos para su reventa ilegal en los Estados Unidos, por más que su poder descansaba en buena parte en la presencia de los haitianos. Pero no pudo resistir la decisión de las autoridades norteamericanas de no tolerar más la existencia de un gobierno independiente que, a su modo de ver, era sólo un reducto de contrabandistas y criminales (en especial desde el arribo de los haitianos). El 23 de diciembre de 1817, fuerzas norteamericanas ocuparon pacíficamente la isla Amelia y allí se quedaron hasta la ratificación, en 1821, del tratado de cesión de Florida por parte de España a los Estados Unidos.

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