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lunes, 1 de octubre de 2012

CÉSAR VALLEJO

ISABEL FRAIRE
Abraham César Vallejo nació el 16 de marzo de 1892, en Santiago de Chuco, un pueblecillo de los Andes peruanos. Sus padres eran ambos mestizos, y ambos hijos de unión libre entre sacerdote español y mujer indígena. La familia era numerosa, tradicional, católica y muy unida. Su madre fue, como verá el lector en los poemas, de crucial importancia para César Vallejo, y su aspecto de mujer fuerte y tierna, que brinda seguridad, levanta el ánimo, y lo arregla todo, como quien realiza con alegre eficacia una tarea doméstica, se proyecta también en la figura de la amada, como en el poema VI de Trilce, en el que exclama Vallejo: Mi aquella lavandera del alma... dichosa de probar que sí sabe, que sí puede, ¿cómo no va a poder! azular y planchar todos los caos.
Sin embargo, en la mujer amada y en el amor mis-mo se proyectan también sentimientos de culpa, y complejas identificaciones de sacralidad, martirio, profanación, madre, amante, Cristo, culpa, etcétera, debidas indudablemente a su educación religiosa, reforzada por sus tempranas inclinaciones místicas. Basta recordar: Amada, en esta noche tú te has crucifi-cado / sobre los dos maderos curvados de mi beso... de “El Poeta y su Amada”, no incluido en esta antología, para darse cuenta de toda la carga de sanciones reli-giosas que pesaba sobre el erotismo de Vallejo, y,probablemente, también sobre su forma de percibir el mundo y vivir la experiencia cotidiana.
El padre de Vallejo, que tenía 52 años cuando éste nació, era tinterillo, y en cierta época de su juventud, cuando no tenía empleo, Vallejo lo ayudó en su traba-jo. Vallejo cursó, además, tres años de derecho, con la evidente intención de hacerse abogado, y no es difícil que el ejemplo del padre haya influido en esta deci-sión, que se suponía definitiva, ya que había aban-donado la carrera de medicina y, aunque estudiaba la de letras, ninguna persona cuerda piensa vivir de eso.
Cuando terminó la primaria Vallejo tuvo que emigrar a Huamachuco, para hacer la secundaria, y luego a Trujillo, a la universidad, después de un fallido intento de iniciar los estudios de medicina en Lima. Sin embargo, hubo un periodo intermedio en que trabajó, después de terminar la secundaria, primero en Quiruvilca, donde conoció la vida de los mineros, que describiría en su novela El tungsteno (1931), después de ayudante de cajero en una hacienda azucarera, y finalmente de preceptor de los hijos de un rico hacendado. Más tarde, notoria-mente en Trujillo y en Lima, ya en la universidad, tuvo trabajos más adecuados a sus inclinaciones, como maestro de primaria o de secundaria.

Aunque su interés en la literatura se había des-pertado ya en Huamachuco, Vallejo no se encontró en un medio propicio sino hasta llegar a Trujillo, en 1913, a estudiar literatura y derecho, cuando entró en contacto con un grupo de jóvenes que ansiaban romper la estrechez provinciana del medio, que leían a Unamuno, Nietzsche, Kierkegaard, Emerson, Whitman, los simbolistas franceses, los modernistas latinoamericanos, los novísimos ultraístas... jóvenes que se interesaban en política, publicaban periódi-cos, escribían, discutían, bebían, escandalizaban. Hay que mencionar que fue en Trujillo que Vallejo leyó y releyó muchas veces a los clásicos del Siglo de Oro español, de quienes se encuentran profun-das huellas en su poesía. Esta influencia se combinó con la modernista y con otras menos claras, como la ultraísta, o la indígena, que, más que influencia, es una sorprendente afinidad espiritual observable en ciertas constantes de la poesía de Vallejo, también presen-tes en la poesía quechua —sentimiento de orfan-dad, dolor por la separación de la familia, sentimien-to doloroso de la vida, noción de una predestinación fatal— que justifican el juicio de Mariátegui (ver Siete ensayos sobre la realidad peruana), avalado por el mismo Vallejo.
“El sentimiento indígena obra en su arte quizá sin que él lo sepa ni lo quiera.”
En Trujillo comenzó a tener amoríos. En 1916 tuvo su dama de las camelias, María Rosa Sando-val, una joven culta y sensible que murió poco des-pués, tuberculosa. El segundo amor se lo inspiró una chiquilla de quince años, con quien tuvo rela-ciones en 1917. Los celos que le infundió lo llevaron al borde del crimen, como más tarde otra frustración amorosa lo haría probar el opio y la heroína.
Harto de Trujillo, Vallejo emigró a Lima a donde llegó al finalizar 1917. Allí su fortuna tuvo un breve periodo de alza, a pesar de la muerte de su madre, en agosto de 1918 (su hermano Miguel había muer-to en 1915 y su padre moriría en 1924). Encontró trabajo como maestro en uno de los “mejores cole-gios particulares” y, a la muerte del director, pasó a ocupar su sitio. Se hizo, además, novio de la cuñada de uno de sus socios. Parecía que todo marchaba sobre ruedas, pero cuando ella se embarazó y él se negó a casarse Vallejo perdió el puesto y Otilia huyó de Lima a esperar el desenlace. Fue entonces que Vallejo pasó unos meses especialmente difíciles, cayendo en frecuentes depresiones y recurriendo al alcohol y a las drogas… Ni siquiera la publicación de su primer libro, Los heraldos negros, en 1919, ni el hecho de que fuera bien recibido por la crítica, pudo evitarlo. Fue, quizá, su estado de ánimo el que le impidió participar activamente en la agitación polí-tica estudiantil de ese año, en favor de la reforma universitaria, a pesar de ser amigo de varios de los dirigentes, entre ellos Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien conocía desde Trujillo, y que fundó más tarde el APRA.
Harto ahora de Lima, pensó en irse a París. Pero otra vez la falta de dinero y otras contrariedades aplazaron la realización de sus planes. En uno de los viajes que hizo a Santiago de Chuco para despedirse de su familia Vallejo fue a dar, sin culpa alguna, a la cárcel de Trujillo, mientras se levantaba en todo el país una ola de protesta que terminó por ponerlo en libertad a los tres meses y medio, a principios de 1921. Vallejo era ya lo suficientemente conocido para que estudiantes e intelectuales se movilizaran masi-vamente en su favor.
La cárcel lo marcó profundamente. Es posible que esta experiencia haya sido definitiva para el desarro-llo de su estilo, ya que los poemas de Trilce fueron escritos en la cárcel, o en el periodo inmediato pos-terior, o bien reescritos entonces para su publicación.
En los poemas de Trilce (1922), que en lugar de título se identifican con números romanos, se viola el orden lógico que de ordinario sistematiza y digiere la experiencia. Los enlaces asociativos se dan por supuestos, sin que medie ningún guiño de inteligen-cia para el lector. La métrica se convierte en un pun-to de apoyo, un medio ocasional, jamás un fin en sí mismo. La ortografía se vuelve bárbara, utilizándose así como recurso expresivo. Las letras se separan, chorrean a veces sobre la página. Los signos de pun-tuación adquieren vida propia. Los números incur-sionan en el poema, simbolizando quizás un azar necesario e inescrutable, que domina al hombre.Inútil informarle al lector que Trilce no les gustó a los críticos. Los hubo que reaccionaron con burlas y desprecio. Otros, más condescendientes, conside-raron el libro como un traspié, esperando que el pro-metedor poeta recuperara más tarde el buen camino. La experiencia de la cárcel y el vacío e incom-prensión con que fue recibida una obra que él sabía importante acabaron de hartar a Vallejo, que partió por fin, llegando a París a mediados de 1923.
Allí vivió, salvo un año (1932) pasado en Madrid, tres breves viajes a Rusia y otros a España, hasta el día de su muerte, en 1938. Aunque pensó en regresar a Perú, o bien radicar en Madrid, lo cierto es que, a pesar de las penalidades que sufrió siempre en París, análogas pero mucho más agudas que las sufridas anteriormente en Perú, Vallejo encontró Madrid demasiado “aldeano” después de París.
Vallejo convive con dos mujeres francesas, la pri-mera, Henriette, a quien conoce en 1926, la segunda, Georgette, con quien más tarde se casó, y que fue su compañera desde 1929 hasta su muerte.
Georgette era tanto o más neurótica o nerviosa que Vallejo, y tan propensa como él a la depresión. Lo cierto es que las circunstancias en que vivían, a pesar de haber heredado ella un departamento, eran para deprimir a cualquiera. “La inseguridad económica siempre ha sido mi fuerte”, contaba Valle-jo, y nunca aprendió a sacar provecho material de sus dotes intelectuales. Ni siquiera cuando escribió un best-seller, Rusia en 1931, un reportaje entusias-ta sobre su reciente viaje, hizo dinero, y el siguiente libro sobre el mismo tema se lo rechazaron los edi-tores, como le rechazaron también sus obras de teatro, rechazadas antes por los posibles escenifica-dores, “por violentas”. La poesía que fue escribiendo durante estos años tampoco fue publicada en forma de libro en vida de Vallejo, apareciendo póstuma-mente con el título de Poemas humanos. Los artícu-los que enviaba Vallejo desde París a revistas y periódicos peruanos demuestran la claridad mental, el antidogmatismo, la profundidad, y el muy respe-table criterio estético de Vallejo, y se puede leer una breve selección, muy recomendable, en Escritos sobre arte, (López Crespo, ed., Buenos Aires, 1977) o bien, fragmentariamente, en “Cronología de Vi-vencias e Ideas”, de Ángel Flores (Aproximaciones a César Vallejo, Las Américas, Nueva York, 1971), obra de la cual, junto con César Vallejo, de André Coyné (Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1968) se tomaron los datos necesarios para esta breve intro-ducción.
No podemos dejar de señalar la participación acti-va de Vallejo en política a partir de su ingreso al Partido Comunista Español primero, pero sobre todo desde la fundación del peruano, por José Carlos Mariátegui, a fines de 1928, del cual Vallejo y sus amigos formaron una célula en París. Sus inquietu-des políticas y su poesía sólo se confunden o fusio-nan, sin embargo, en España, aparta de mí este cáliz, colección de poemas inspirados por la guerra civil española cuya primera edición, publicada por los soldados del Ejército Republicano, fue destruida por los falangistas al caer Cataluña. Por cierto que es la mejor poesía, en mi opinión, escrita sobre ese tema, y sólo se ha excluido de esta antología para no fragmentar su unidad.
Vallejo murió en París, un viernes santo, 15 de abril de 1938, después de una prolongada agonía, que dio término a una enfermedad indiagnosticable. Se considera probable que sus largas privaciones físicas y la angustia producida por el curso de la guerra en España lo hayan debilitado, dejándolo indefenso al ataque de algún virus poco conocido.

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Víctor Colán Ormeño, historiador.

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