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miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿Quo vadis latifundio?


por Mario Sanoja* Iraida Vargas-Arenas***

Los venezolanos vivimos hoy día la conclusión de nuestra batalla contra el latifundio. Ésta es una de las formas de propiedad más aberrantes que haya conocido la historia de la humanidad, cuya existencia ha permitido a una minoría privilegiada amasar fabulosas fortunas, condenando a la muerte y la desgracia a millones de seres humanos en todo el orbe.
Las guerras campesinas por el control y la propiedad de la tierra agraria comenzaron desde el mismo inicio de la sociedad clasista y la propiedad privada en los estados neolíticos, cuando los sectores privilegiados de la sociedad comenzaron a apropiarse, para su beneficio particular, la tierra agraria que había sido parte de la heredad colectiva de los pueblos igualitarios.
La apropiación de la tierra no era un fin en sí mismo, sino el medio de apropiarse tanto de la renta que aquella producía y de lo que pagaban al dueño o señor los aparceros o siervos que la explotaban, como del producto de la venta de la mercancía.
El Latifundio y Civilización Occidental
El desarrollo de las ciudades fue una de las principales características de la civilización en la Antigüedad Clásica, Grecia y Roma, en el marco de una economía predominantemente rural. La posibilidad del crecimiento metropolitano sólo era posible en la medida que existiesen esclavos que trabajasen la agricultura y la cría, única forma de liberar los miembros de la clase terrateniente dueña de los latifundios de sus raíces rurales y convertirlos en ciudadanos urbanos.
El latifundio esclavista de la antigüedad clásica, era el medio que tenía el terrateniente para separar la renta de la tierra de su residencia obligada en el campo. El excedente económico que obtenía el latifundista mediante el trabajo forzado exigido a los esclavos, le permitía entonces amasar grandes fortunas sin necesidad de tomar parte en la explotación del agro.
La esclavitud en los latifundios representaba la forma más degradante de la explotación del trabajo humano, ya que convertía a las personas en un simple medio de producción, desprovistas de todo tipo de derechos: humanos, sociales, económicos o políticos. Los esclavos representaban algo más que una bestia de carga; eran un instrumentum vocale, una herramienta que habla, una mercancía móvil que podía ser comprada y vendida en el mercado sin ninguna consideración por los afectos o sentimientos que pudiesen tener las personas sujetas al régimen esclavista.
En la antigüedad clásica se realizaron algunos avances tecnológicos, pero nunca se produjo una gama de invenciones suficientemente transformadoras que diera lugar a cambios cualitativos importantes en las fuerzas productivas de la sociedad antigua. Contrastando con la carencia estructural de creatividad tecnológica, la clase dominante, cuya riqueza se apoyaba en el latifundio esclavista, fue capaz de crear una superestructura cultural muy vigorosa expresada en la arquitectura, la escultura, los frescos la filosofía, la literatura, el derecho… y la guerra.
Ello justificaba que la democracia y la ciudadanía fuesen el privilegio de aquellos que podían dedicarse a crear, hacer la guerra y poseer riqueza sin que tuviesen que realizar trabajos manuales.
El régimen económico basado en el latifundio impuso una separación absoluta entre la esfera del trabajo material y la esfera de la libertad del individuo, devaluando la importancia social del trabajo. De esta manera la expansión cuantitativa del modo de producción esclavista, como lo denominó Marx, no podía producirse vía el desarrollo económico, vía el desarrollo de las propias fuerzas productivas, sino mediante el imperialismo, la guerra, el pillaje y la expansión territorial, medios que le proporcionaba los tributos materiales exigidos a los pueblos vencidos, los campos de cereales y los esclavos necesarios para aumentar la fuerza de trabajo forzado. Por esas razones, el desarrollo del poderío militar y la guerra se convirtieron en un importante medio de producción que era el necesario feed back , la necesaria retroalimentación que permitía mantener la reproducción del sistema imperial de dominación de los pueblos.
Cualquier similitud con el actual proceso neocolonial de globalización emprendido por los países del primer mundo, salvando la distancia temporal, no es mera coincidencia. La crisis del modo de producción esclavista y el colapso de la civilización urbana del Imperio Romano se debió, en buena parte, a la carencia de un desarrollo efectivo de las fuerzas productivas que permitiese estabilizar homeostáticamente la fuerza de trabajo [4].
Después de haber saqueado todo el Mediterráneo y la Europa Central, disminuyó el flujo de cautivos de guerra que se podían convertir en esclavos para trabajar en los latifundios. A partir de los siglos I y II de la era cristiana, el costo de la inversión en esclavos aumentó, determinando también la inflación de los precios de las mercancías y la devaluación de la moneda. Paralelamente, esta situación contribuyó también a frenar el desarrollo manufacturero y comercial urbano, a empobrecer la población, a reducir drásticamente la escala del mercado de consumo.
La crisis del modo de producción esclavista produjo una reestructuración de la tenencia de la tierra. Para paliar el costo creciente de esclavos, los dueños de latifundios decidieron conservar sólo una reserva señorial trabajada por esclavos y arrendar el resto de la tierra a propietarios libres o colonos que pagaban al señor una renta anual en dinero o en especies –generalmente la mitad del producto obtenido- por el uso de su tierra. Se formó así una nueva clase social integrada por los esclavistas, dueños efectivos de la tierra, los arrendatarios o colonos y los propietarios libres.
El desarrollo de las fuerzas productivas, sin embargo, permaneció estancado. Por el contrario, en el siglo IV de la era cristiana el patriciado latifundista del imperio romano de occidente había quintuplicado el excedente económico extraído de sus esclavos, colonos y propietarios libres, determinando así insurrecciones campesinas que tuvieron como objetivo la expropiación de los terratenientes y sus latifundios.
Desde el siglo II de la era cristiana, las tribus germanas se convirtieron en la fuente de soldados mercenarios que necesitaba el imperio romano para mantener tanto el orden interno como el externo en sus provincias. Al producirse en colapso del imperio en el siglo IV de la era, los jefes guerreros germanos simplemente tomaron el relevo de la aristocracia latifundista. Crearon así un nuevo sistema de tenencia de la tierra fundamentado en extensos dominios señoriales parcelados en grandes fincas. El cuido y explotación de cada una de ellas era confiado a vasallos que entregaban a su señor terrateniente productos en especie. Dentro de este sistema señorial, los campesinos "libres" eran otorgados por el señor en encomienda como siervos, a los principales guerreros de sus clanes.
En el año 800 de la era cristiana, uno de los propietarios señoriales, Carlomagno asumió el título de Emperador de Occidente, exigiendo un juramento de fidelidad personal y concediendo tierras reales a sus servidores o vasallos. Las guerras continuaron siendo el medio de ampliación material del territorio del imperio, soportadas en una creciente explotación de la población rural encuadrada en los latifundios o dominios señoriales. Al igual que bajo el imperio romano, el rendimiento económico de aquellas enormes extensiones de tierra era sumamente escaso, motivado al bajo desarrollo general de las fuerzas productivas y a la naturaleza del trabajo servil, sin ningún aliciente para los campesinos.
Surgió así el Modo de Producción Feudal caracterizado por la explotación de la tierra dentro de una forma de economía natural, dominada por la explotación del trabajo campesino dentro de un sistema de coerción extraeconómica. Las ciudades que habían florecido bajo el imperio romano, nunca llegaron a desaparecer. Por el contrario, hacia el siglo XII de la era florecieron en ella diversas corporaciones mercantiles y artesanales cuyo poder político y económico comenzó a imponerse a los señores feudales.
Un siglo antes de la coronación de Carlomagno, los pueblos islámicos habían logrado conquistar gran parte del territorio de la España cristiana. Los monarcas de los diversos reinos cristianos, las órdenes militares y cofradías religiosas se unieron para reconquistar los territorios ocupados por las taifas o reinos islámicos del sur de España, lo cual ocurrió hacia finales del siglo XV. El triunfo del feudalismo castellano vino de la mano con la imposición del catolicismo como religión de Estado, proporcionando un duro golpe a la agricultura islámica de El Andalous, la Sefarad de los judíos, que estaba conformada principalmente por pequeños propietarios, liquidando igualmente el avanzado sistema financiero y comercial que habían desarrollado los judíos sefardíes, causando el éxodo o la desaparición de buena parte de dichas poblaciones y la reconversión de la tierras agrarias en tierras de pastoreo.
La mayor parte de los soldados castellanos que participaron en la reconquista del sur de España regresaron a sus provincias del norte. Surgió una nobleza terrateniente muy poderosa, fiel a su rey, apoyada sobre la explotación de una clase social de campesinos siervos o villanos. De esta última habrían de salir los individuos que migraron a América a partir de 1492, buscando las oportunidades económicas y sociales que el férreo sistema feudal español les negaba. El colapso del Feudalismo en Europa occidental durante el siglo XV, determinó que la antigua burguesía urbana se transformase en el sujeto histórico hegemónico de la nueva sociedad capitalista. La tesis del Fisiocratismo que dominó el pensamiento económico hasta la aparición del liberalismo, sostenía que la tierra era la base de la riqueza. Contrariamente, el pensamiento liberal que animaba a la burguesia consideraba que la base de la riqueza de las naciones era la división del trabajo, la manufactura y el comercio.
Ya consumada la Revolución Francesa, la presión constante de las masas campesinas liberadas logró que la Asamblea Nacional aboliese en 1789 las cargas y métodos feudales que había mantenido el poder político y económico de oligarquía nobiliaria del ancien regime. De esta manera, se logró mediante el reparto de las tierras de los latifundios entre los campesinos sin tierra, que el número de propietarios privados aumentase de 30.000 a 1.200.000, abriendo la puerta para la formación de una clase media campesina que balanceó con éxito el poder de los propietarios de los grandes latifundios restantes.

Alberto Monteagudo, Quirincho (Arca perdida)
La decadencia del latifundio en los nuevos países capitalistas de la Europa Occidental en el siglo XVIII, no evitó, sin embargo que reapareciesen en su periferia, tal como ocurrió en la Europa Oriental, formas de propiedad de la tierra que sometieron a los campesinos a una nueva forma de servilismo o "refeudalización". No se trataba de regresar al feudalismo, sino de resemantizar viejos métodos para explotar a la masa campesina como parte de la ampliación del sistema capitalista.
Los latifundios de la oligarquía nobiliaria europea oriental, muchas veces contenían también aldeas donde existía producción industrial de ladrillos, alfarería, aguardientes y cervezas, textiles, fundiciones de hierro, etc., donde se utilizaba igualmente mano de obra forzada, sistema que como hemos expuesto en otros trabajos existió igualmente en nuestra Provincia de Guayana entre 1700 y 1814. [5].
El Latifundio Colonial Venezolano
A partir del siglo XVI, las tierras que durante milenios habían sido poseídas por nuestros pueblos originarios, fueron usurpadas por los colonizadores españoles. El Estado metropolitano ciertamente promulgó cédulas como las del 6 de Abril de 1588 y 11 de Junio de 1594 donde se reconocía tanto el derecho de los grupos indígenas al uso y posesión de la tierra, como la necesidad de resguardar los terrenos comunales y ejidales de la arbitrariedad de los españoles. Pero la naciente oligarquía agraria siempre encontró recursos legales como la llamada composición de tierras para desposeer a los indígenas y legalizar la posesión de las tierras apropiadas de manera fraudulenta.
En el siglo XVIII, la usurpación y la consiguiente composición, constituyeron un sistema muy eficaz para acrecentar las extensiones de tierra agrícola apropiadas por la oligarquía desde mediados del siglo XVI, las cuales fueron transformadas en formas de explotación y tenencia de la tierra que sólo podrían ser denominadas como latifundio en razón de la extensión poseída, las relaciones de producción de tipo servil o esclavista, la precariedad de la tecnología agraria utilizada, la baja productividad y las limitadas áreas sometidas a cultivo. La renta de los grupos familiares propietarios de la tierra dependía del mercado exterior.
El dinero, el crédito, el comercio y el intercambio económico vinculaban a esta clase de latifundistas con la economía de las metrópolis europeas de la costa atlántica oriental, de manera que todo era finalmente manejado por control remoto desde las Casas de Contratación de Sevilla y Cádiz y de las Bolsas de Comercio de Cádiz, Burdeos, Ámsterdam y Liverpool [6] . Los dueños de plantaciones, fuesen de azúcar, café, cacao, algodón o añil vendían ciertamente su producción a precios altos en Europa, pero puesto que sólo podían tener una cosecha al año completaban el faltante de su renta tanto con el comercio legal como con el contrabando de bienes de consumo tales como vajillas de semi porcelana europea o de porcelana china, vinos, ginebras, cerveza, licores, telas, etc.… y esclavos.
El Latifundio Republicano
La conquista de nuestra Independencia de España no solucionó el problema del latifundio en Venezuela, por el contrario, lo agravó. La mayor parte de los latifundios que habían pertenecido a la oligarquía colonial criolla pasaron a manos de la nueva oligarquía constituida por los caudillos militares republicanos. Durante el siglo XIX, los indio(a)s, negro(a)s, mulato(a)s y blanco(a)s pobres, continuaron desposeído(a)s de su derecho a poseer tierra, sujetos a la más despiadada servidumbre, siempre dispuestos a lanzarse a la rebelión para lograr una vida mejor, engañados por el discurso demagógico de los caudillos locales.
El saqueo de los ejidos y tierras nacionales por los nuevos latifundistas que había creado la República, particularmente en el Estado Barinas, aumento notablemente la pobreza de la población, situación que estimuló en 1859 el pronunciamiento justiciero de Ezequiel Zamora, el General de Hombres Libres, convirtiendo la Guerra Federal que se iniciaba entonces en una lucha por la democratización del derecho a la posesión de la tierra, por la libertad y la democracia social y contra el centralismo de la sociedad caraqueña.
Aumentó considerablemente el número de medianeros, colonos y pisatarios obligados a cultivar la tierra con sus propios medios de trabajo y a pagar tributo al señor latifundista en trabajo o en especie. La mayoría de los esclavos emancipados por el decreto del 23 de Marzo de 1854, durante la presidencia de José Gregorio Monagas, se convirtieron en peones o siervos de sus antiguos amos o en peones urbanos, relaciones de dependencia y servidumbre que se prolongaron hasta 1937, fecha en la cual comienza a predominar propiamente la cultura venezolana del petróleo [7].
El latifundismo llegó a su máxima expresión bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez. La extensión de las tierras acaparadas por el dictador y su mafia de familiares, políticos, militares y empresarios durante 27 años de gobierno todavía no es totalmente conocida, ya que sus haciendas no fueron inventariadas en el catastro de tierras agrícolas de 1932. Sin embargo, para 1937 el censo nos muestra que de los 69.800 propietarios territoriales existentes para entonces en Venezuela, 3333 eran dueños del 90% de las tierras, de los cuales 412 poseían 7.666.804,85 hectáreas y 13 disponían de 2.057.431 hectáreas.
Mientras tanto, 2.500.000 campesinos solo eran dueños de su fuerza de trabajo y no poseían sino su miseria. Hasta 1998, cuando se inicia el Proceso Revolucionario Bolivariano, el coeficiente de concentración de las tierras agrarias era extremadamente alto ya que la llamada Reforma Agraria, iniciada bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, tuvo muy baja incidencia sobre la exagerada extensión de propiedad latifundista. Para darnos una idea de cómo progresaba la Reforma Agraria de la IV República, podríamos citar las palabras del investigador de la Universidad Central de Venezuela, Ramón Losada Aldana, quien asevera que en ocho años de promulgada, dicha reforma sólo había llegado a afectar el 1.76% de las tierras concentradas en manos de los latifundistas. A ese ritmo –decía- ¡se necesitarán 454 años para resolver la cuestión agraria en Venezuela!
Para controlar el malestar de la masa campesina, defraudada por la mascarada reformista que burlaba al pueblo y le ocultaba la concesión de privilegios y concesiones económicas a los políticos y y latifundistas de viejo y nuevo cuño, la IV Republica fundó en 1959 la Federación Campesina. A la par de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y la Unión Nacional de Empleados Públicos, constituía el aparato de control político de la fuerza de trabajo venezolana [8].
La tierra agraria, por otra parte, se ha tornado improductiva en Venezuela por causas sociales y políticas: los grandes propietarios no buscan amasar enormes fortunas mediante la puesta en valor de la explotación rural, sino utilizando la apropiación ilegal de tierras baldías y ejidos, de grandes extensiones de tierra inculta para obtener subsidios, como garantía de créditos bancarios, de tratos y contratos que tienen como objeto depredar la propiedad y el presupuesto públicos [9].
El Ruleteo de los Latifundios Reformados
Durante la década de los años sesenta, iniciamos un proyecto de investigación arqueológica en el sur del lago de Maracaibo, el cual tenía como finalidad estudiar las características de la colonización prehispánica de dicha región, científicamente desconocida para la época. Ello nos llevó a recorrer extensivamente las cuencas de grandes ríos como el Zulia, el Escalante, el Tarra, el Onia, los que descienden desde la sierra de Mérida hasta el lago de Maracaibo, regiones como Gibraltar y La Seiba al sur del Lago y los ríos Carrasquero y Socuy al noroeste del Lago.
Aparte de la localización de sitios arqueológicos, entramos en contacto con la realidad social que se vivía en las grandes y pequeñas fincas productoras de ganado, leche, queso y plátanos, así como con la realidad social de los llamados "campesinos reformados". Estos últimos eran poseedores de parcelas recubiertas de extensas selvas tropicales lluviosas, ciénagas y lagunas, donde la capa superficial de humus vegetal llegaba a tener a veces el espesor de un metro, pero sin contar con ayuda técnica, ni créditos para desarrollar la parcela que les había asignado la pomposa Reforma Agraria de la IV República.
Durante el tiempo que estuvimos conviviendo con los campesinos, familias extensas cargadas de hijos, de hambre y de perros esqueléticos, viviendo en rústicos bohíos de techo de palma, sin paredes, sin letrinas, sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin escuelas, sin servicios de salud, sobreviviendo con los topochos y la yuca cultivada en el conuco familiar, cazando eventualmente monos, dantas o lapas, pescando en las ciénagas, lagunas o ríos, o compartiendo nuestras humildes raciones universitarias de sardinas, diablito, sopa continental, espaghettis, carne enlatada y papelón, bajo la luz de nuestra lámpara de kerosén pudimos permanecer conversando y tomando notas hasta altas horas de la noche.
Cuando volvimos, años más tarde, las antiguas tierras reformadas habían sido adquiridas a precio de gallina flaca por empresarios merideños afectos a Acción Democrática, reconstituyendo así el antiguo latifundio que la Reforma Agraria de la IV República supuestamente debía combatir.
En los latifundios consolidados, miles de hectáreas de tierras agrarias desforestadas, de primera calidad, se dedicaban a la ganadería extensiva. Muy pocos ganaderos invertían en tecnología moderna; la mayoría, alimentaba principalmente el ganado con el gamelote que crecía espontáneamente en los potreros; la mano de obra estaba compuesta por campesinos colombianos sobreexplotados y por medianeros o pisatarios que escasamente podían sobrevivir con la magra renta de las fincas.
La escasa productividad de los latifundios permitía a sus dueños tener siempre una producción deficitaria, lo cual se traducía en altos precios de la mercancía en el mercado: leche, carne, quesos, plátanos, etc. La rentabilidad del latifundio varia en proporción a la ausencia de inversión reproductiva y del pago de salarios, regla económica que ha sido puesta en práctica por los latifundistas desde la antigüedad clásica hasta hoy.
Mientras la renta extraída del latifundio en aquellas condiciones permitía a sus dueños llevar una vida holgada en Maracaibo o en Miami, el desarrollo regional de las fuerzas productivas, salvo la inversión pública, era extremadamente bajo. No sabemos en cuál grado la calidad de vida, vista en el terreno, se habrá desarrollado verdaderamente luego de 1970 con la irrupción de las transnacionales de productos lácteos. Pero sí es cierto que la conciencia social de los latifundistas no parece haber mejorado.
Durante el odioso paro empresarial y el sabotaje petrolero de 2002-2003, prefirieron castigar a los venezolanos botando la leche en los ríos, acaparando los quesos, la mantequilla y los plátanos para privarnos de dichos alimentos e intentar obligarnos –por hambre- a derrocar el Presidente Chávez. La firmeza democrática y revolucionaria del pueblo venezolano, como todos sabemos, derrotó la contrarevolución fascista.
Precaria conciencia histórica, nacional, social y política manifiestan aquellos latifundistas venezolanos que prefieren pactar con grupos de narco-asesinos paramilitares colombianos para liquidar físicamente el liderazgo campesino y desestabilizar el actual proceso de cambio histórico. El latifundio está condenado por la historia a desaparecer, porque representa un factor de injusticia social y una traba para el desarrollo de la moderna sociedad venezolana y del socialismo del siglo XXI, una de cuyas metas será redistribuir la tierra agraria entre quienes de verdad la trabajan.
Así como el imperio deberá en algún momento negociar su colapso histórico, los latifundistas deberán negociar la liquidación de una forma de propiedad tan aberrante cuyo mantenimiento le ha costado a la humanidad desde la antigüedad clásica, hace 2500 años, la vida de millones de hombres, mujeres y niño(a)s que han muerto en todos los continentes por el derecho a tener tierra y vivir un presente y un futuro mejor. El latifundio en Venezuela ya no tiene ni presente ni mañana.
Mario Sanoja* Iraida Vargas-Arenas**
(*)Mario Sanoja. Doctor en Antropología. Profesor Titular Jubilado, UCV. Individuo de Número y Segundo Vicepresidente de la Academia Nacional de la Historia. Investigador Nacional Nivel IV Fonacit-Fvpi. Premio Nacional de Humanidades. (**) Iraida Vargas-Arenas. Doctora Cum Laude en Historia. Profesora Titular Jubilada UCV. Investigadora Nacional Nivel IV Fonacit-Fvpi. Premio Municipal de Literatura


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